Historia de una bicicleta

Melecio Gómez tenía una bicicleta Windsor, fabricada a finales de los años setentas, que nunca dejó de funcionar. Y digo tenía, porque Melecio murió hace años, después de una larga enfermedad. Y desde que el hombre enfermó, la Windsor permaneció en un rincón de la casa, casi en el olvido. Acumuló una capa de polvo que la humedad, en temporadas de lluvia, fue convirtiendo en costra de lodo; los neumáticos se agrietaron; la cadena y la estrella terminaron atascados; el manubrio, así como el sillín, nomás de verlos daban tristeza.

Cuando alguien miraba la Windsor allí, arrinconada, se decía para sí que eso ya no era una bicicleta, sino un pedazo de chatarra. Para mí, en cambio, era un tesoro enterrado y, sobre todo, un símbolo de la relación entre padre he hijo.

Porque, hace tiempo, esa Windsor se metió en un poema que escribí estando yo lejos de casa. El poema empieza así: “Puede ser, Padre, que esa bicicleta verde no existió/ si no que yo/ todos los días, la soñaba”. El poema es la historia de los recorridos que emprendía con mi padre, siendo yo un niño, a bordo de su bicicleta Windsor. En especial del breve viaje que hacíamos, cada mes y medio, rumbo al establecimiento del peluquero. Y ese poema, con más suerte que la propia bicicleta, terminó siendo traducido al francés y al inglés y, más tarde, adoptado por un promotor del ciclismo urbano para ilustrar y sustentar opiniones sobre el tema. Entonces, como muchas otras cosas a las que he renunciado en la vida, un día decidí que ese texto ya no me pertenecía. Pero a la bicicleta, en cambio, no pude renunciar.

De un modo inexplicable me asumí propietario de una bicicleta oxidada y rota. Así que un día, frente a los demás hermanos pedí, más bien exigí, que se reconocieran mis derechos como legítimo dueño de la Windsor. Esta acción vergonzosa, debo decirlo, constituyó mi único reclamo como heredero, si es que acaso merecía heredar algo. Y no. No hay dignidad en reclamar una herencia, incluso si tal cosa es un cacharro.

Mi primer intención fue dejar la Windsor tal y como estaba, con sus roturas y daños, con su polvo casi petrificado y su tristeza de objeto cotidiano abandonado abruptamente por su dueño. Quise, con ingenuidad, hacer de ella un memorial, un recordatorio: la pieza de un museo personal y emotivo que no existe. Pero me resistía a pensar que un objeto, un vehículo más bien, que mi padre disfrutara durante la mitad de su vida, fuera despojado de su espíritu utilitario para convertirse en algo puramente ornamental.
Mi vocación por tratar de reparar cosas que ya no tienen remedio adquirió entonces un sentido práctico y triunfalista. Así que, desde hace cuatro semanas dedico todo mi tiempo libre para restaurar, con mis propias manos, esa vieja bicicleta. ¿Que qué se yo de reparar bicicletas? Nada, absolutamente nada. Pero siempre ha sido así, emprendo labores que nunca sé por dónde empezar y mucho menos cuándo acabar.

Más o menos por los mismos días en que empecé a meterle mano a la bicicleta me di cuenta, porque pasaba mucho tiempo en el patio dando martillazos, que el sonido de sirenas de ambulancias y de patrullas se ha convertido en parte del ruido cotidiano de esta ciudad. Y que con el ulular de las sirenas llegan noticias de la calle: un hombre fue baleado a la puerta de su casa, frente a su familia; tres jóvenes acribillados dentro de un domicilio; el cuerpo de una mujer apareció en un lote baldío; dos hombres asesinados en plena calle. Noticias de este tipo, sucesos de este calibre.

Y de pronto pienso que debería estar escribiendo sobre lo que nos pasa, lo que nos está sucediendo como colectividad, en lugar de remitirme a una vieja bicicleta. Escribir que el miedo, a veces, nos entume, nos quita la posibilidad de hablar sobre tantas muertes innecesarias. Decir que no estamos bien, que algo hicimos y seguimos haciendo mal en sociedad. ¿Toleramos la ineficiencia de nuestros gobernantes? ¿Arropamos a políticos deshonestos? ¿Alentamos a los criminales? Pienso en estas preguntas mientras me esfuerzo en quitar tuercas oxidadas de la bicicleta. Y otra vez, aunque no lo quiera, se instala el desánimo en mi vocación de tratar de reparar cosas que ya no tienen remedio.

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En el jardín botánico

Solitaria la tarde
nos enseña la quietud en los rosedales florecientes.
Los pétalos meciéndose en la dorada luz de marzo
fijos en el tallo que los sujeta al mundo.
Así como los rosedales están mis palabras puestas al sol.
¿Dónde habrás puesto las tuyas?
¿Acaso debo buscar siempre el sentido de las cosas no dichas
como lápidas sin inscripciones?
Anda, dime algo antes que el sol se vaya.
Dame un epitafio siquiera
una frase indeleble que reverbere en mí
cuando camine entre la muchedumbre de la avenida
así como fulgura el rosedal en el último minuto
quieto de la tarde.